Recomendaciones | A reír junto a los simios

Enviado por Humor Sapiens el Dom, 04/10/2026 - 21:54
Recomendaciones | A reír junto a los simios

Hay estudios que parecen investigaciones sobre el humor y que en realidad son ventanas a la historia profunda de nuestra especie, y el hallazgo sobre el patrón de risa compartido entre humanos y grandes simios es exactamente eso. Seguramente algunos lectores se ríen prácticamente con cualquier ocurrencia, mientras que a otros hay que hacer esfuerzos titánicos para arrancarles una sonrisa. El sentido del humor es algo muy personal, pero la risa es un instinto innato y universal que no solo compartimos todos los seres humanos, sino que también nos une a los grandes simios. Sabemos, por ejemplo, que los chimpancés ríen entre dientes, los gorilas sueltan carcajadas y los bonobos literalmente se desternillan de risa. No solo eso: todos ellos se ríen siguiendo un ritmo regular y repetitivo muy similar al de los humanos, según han descubierto unos investigadores en un estudio publicado en la revista Communications Biology. Los investigadores compararon registros sonoros de las risas de 4 niños con 13 grandes simios jóvenes en cautividad, a los que grabaron mientras jugaban o les hacían cosquillas. Aunque se trata de una muestra relativamente pequeña, sometieron sus resultados a una revisión por pares, lo que da una idea de que se trata de un patrón generalizado en el mundo de los primates. No solo eso: descubrieron que, tanto en los grandes simios como en los humanos, la risa aparece sobre todo durante el juego social y otras interacciones de tipo afectivo, lo que sugiere que cumple una función social: la de mostrar interacciones pacíficas y ayudar a mantener la coordinación entre los individuos del grupo. ¿Y qué nos distingue a los humanos? La velocidad y la flexibilidad con la que nos reímos. En promedio lo hacemos más rápido que el resto de los simios; cuanto más cercano es el parentesco evolutivo (chimpancés y bonobos frente a gorilas y orangutanes), más rápida es la risa. Además, somos los únicos capaces de variar el ritmo de la risa en función del contexto —más rápido con cosquillas, distinto durante el juego— e incluso modular la risa socialmente: no es lo mismo una sonrisita contenida en un momento de complicidad que una carcajada con los amigos en un ambiente distendido. En declaraciones al New York Times, la investigadora Chiara De Gregorio, de la Universidad de Warwick, afirmaba que los humanos somos, de hecho, unos "maestros de la risa". Y esta flexibilidad vocal no es baladí, pues, según los autores de la investigación, puede requerir habilidades similares a las que requiere el lenguaje hablado. De hecho, los científicos descubrieron que los simios seguían un patrón marcado, como si fuese el tictac de un metrónomo, con cada sonido —cada jadeo, cada resoplido o, en cierto modo, cada "ja"— en intervalos parejos. En otras palabras, tenían la capacidad para modular sus respiraciones, reproduciendo patrones que también lo hacemos los humanos. Y ahí está el quid de la cuestión: al ser una conducta que comparten todos los grandes simios, incluidos los humanos, la risa funciona como una especie de "registro vivo" que permite situar, desde una perspectiva evolutiva, los cambios en el control vocal y en las capacidades rítmicas que, con el tiempo, dieron lugar a la aparición del habla y el lenguaje en los homínidos. Este enfoque integrador permite rastrear patrones evolutivos en la estructura temporal de la risa y explorar cómo pudo haberse transformado su ritmo a lo largo de 15 millones de años de evolución de los homínidos. "Si analizamos estos datos desde una perspectiva amplia, es un hallazgo importante, pues no hay muchos aspectos de las vocalizaciones que compartamos con los humanos", explica Marina Davila-Ross, investigadora de la Universidad de Portsmouth y coautora de la investigación. "Es nuestra expresión vocal más importante, algo que no se puede traducir y que nos ayuda a mantenernos unidos, especialmente si pensamos que los seres humanos somos seres ultrasociales. La risa es un mecanismo de unión". "Es muy probable que puedan extrapolarse esos cambios en nuestra capacidad para reír con las vocalizaciones en general", apunta Davila-Ross, y esto nos podría estar dando pistas sobre el surgimiento del lenguaje humano. "Cuando te estoy hablando ahora mismo, obviamente puedo respirar sin tener que detenerme. Inhalo y sigo hablando, luego paro la conversación y vuelvo a inhalar", y es ese tipo de control el que constituye la base fundamental para el lenguaje humano. La escena no es la de un humano riéndose de un chiste; es la de chimpancés, gorilas, bonobos y humanos compartiendo un mismo patrón de risa, un ritmo regular y repetitivo que se remonta a 15 millones de años de evolución, y que podría ser la base sobre la que se construyó el lenguaje. No es una fotografía de humor; es el retrato de nuestra historia evolutiva, y de cómo la risa nos conecta con nuestros parientes más cercanos.

La conexión con otras postales del fracaso ambiental es tan profunda como reveladora. Así como el elefante asiático caminando entre montañas de basura en Sri Lanka se convirtió en el símbolo de un Antropoceno que devora incluso a los reyes de la selva, la risa compartida entre humanos y grandes simios es la prueba de que el mismo modelo civilizatorio que destruye hábitats, que extingue especies, que encierra a los primates en laboratorios y zoológicos, que los caza furtivamente, es el que está silenciando a nuestros parientes más cercanos, cuyas risas, cuyos patrones vocales, cuyas capacidades sociales, compartimos desde hace millones de años. Los chimpancés, los gorilas y los bonobos no son solo animales; son nuestros parientes evolutivos, comparten con nosotros más del 97% de nuestro ADN, y también comparten nuestra risa. Y sin embargo, los estamos llevando al borde de la extinción: la deforestación, la caza furtiva, el tráfico de especies, las enfermedades, el cambio climático están diezmando sus poblaciones. Cada vez que un chimpancé muere, cada vez que un gorila es cazado, cada vez que un bonobo pierde su hábitat, no solo perdemos una vida; perdemos un pedazo de nuestra propia historia, un eco de nuestra propia risa. La lección de humildad que nos dio la pandemia —"si fuéramos dioses, una hebra de ARN no nos tendría de rodillas", como dijo Isabel Behncke— resuena aquí con una fuerza brutal: no somos dioses, somos una especie que comparte la risa con sus parientes más cercanos, y que los está exterminando.

El impacto ecológico y moral de esta situación es profundo. En el plano ecológico, los grandes simios son especies clave en sus ecosistemas: dispersan semillas, mantienen la salud de los bosques, y su presencia regula el equilibrio del ecosistema. Su desaparición tendría efectos en cascada que afectarían a todo el bosque tropical. En el plano moral, la historia de la risa compartida revela una verdad incómoda: hemos construido una cultura que se cree superior a los animales, que los considera incapaces de emociones complejas, de humor, de risa, y que sin embargo descubre, una y otra vez, que comparten con nosotros capacidades que creíamos exclusivas nuestras. La dimensión moral es ineludible: ¿qué dice de nosotros, como civilización, el hecho de que estemos exterminando a los parientes con los que compartimos la risa desde hace 15 millones de años? ¿Qué clase de cultura es la que silencia la risa de nuestros propios parientes?

Sin embargo, hay caminos concretos y ya en marcha. La conservación de los grandes simios requiere proteger sus hábitats, combatir la caza furtiva, regular el comercio de especies, apoyar a las comunidades locales que conviven con ellos. La investigación científica, como la que estudia la risa de los primates, es fundamental para comprenderlos mejor y para inspirar cambios en la forma en que los tratamos. La creación de santuarios donde los primates puedan vivir en condiciones dignas, con espacio, con compañía, con enriquecimiento ambiental, es una responsabilidad ética. La educación pública sobre la inteligencia y la sensibilidad de los grandes simios es crucial para generar conciencia y presión política. Y en el plano cultural, necesitamos una transformación profunda: dejar de ver a los animales como seres inferiores y empezar a verlos como lo que son, seres con capacidades emocionales y cognitivas complejas, con vidas sociales ricas, con derecho a existir sin que los convirtamos en sujetos de experimentación o de entretenimiento. Los grandes simios no son solo animales; son nuestros parientes, y comparten con nosotros la risa.

La pregunta que debería perseguirnos, la que debería resonar en cada laboratorio de primatología, en cada parque natural, en cada conciencia, es esta: ¿cuántas risas más tendremos que silenciar antes de admitir que los grandes simios son nuestros parientes? Lo que está en juego no es solo la supervivencia de los chimpancés, los gorilas y los bonobos o la salud de los ecosistemas africanos; es la coherencia de nuestra propia humanidad, la posibilidad de habitar un planeta que no destruyamos por nuestra propia arrogancia, y la salud de los ecosistemas que nos enseñan que la risa, la emoción y la sociabilidad no son privilegios humanos, sino herencias compartidas de millones de años de evolución. Si somos capaces de exterminar a los parientes con los que compartimos la risa, ¿qué esperanza tenemos de construir un futuro sostenible? El alma del planeta se desangra cada vez que un gran simio muere, cada vez que un bosque se tala, cada vez que una risa se apaga para siempre. La decisión, como siempre, es nuestra: seguir silenciando a nuestros parientes o aprender, por fin, a reír con ellos.

 

Nuestro Planeta

(Facebook. 4 de octubre 2026)

 

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