Tengo una enorme gratitud hacia la Universidad de Buenos Aires, nuestra cuna. Como humilde retribución, voy a hacer algunas
reflexiones sobre nuestro trabajo y un descarado Elogio Íntimo de Les Luthiers.
Llegué de Bahía Blanca con 16 años, para estudiar medicina. Carrera que, como dije en otra oportunidad, abandoné, cuando apenas me faltaban seis años para terminarla. ¡Ya volveré!
Pero tuve la fortuna de entrar en el coro de la Facultad de Ingeniería, donde conocí a mis compañeros: gente culta, inquieta, talentosa.
Ninguno imaginaba que una broma de fin de año destinada a una fiesta de estudiantes, sin pretensiones de trascender, continuaría en una carrera exitosa y prolongada.
Creo que Les Luthiers fue y es un milagro. Escribir y representar espectáculos que entusiasmen a un público numeroso es tarea difícil. Hoy, mirando al pasado, me llena de asombro nuestro aprendizaje. Somos autodidactas. Aprendimos juntos el oficio, practicándolo. LL fue una escuela que nos permitió crear y nos impulsó a hacerlo.
Aprendimos cómo escribir un texto humorístico, cómo componer música para él, cómo hacer su puesta en escena, cómo actuarlo.
Aprendimos que existía un tiempo teatral que, administrado en dosis homeopáticas, era vital para el éxito de un chiste. Aprendimos a tocar instrumentos nuevos, informales y formales; a compartir decisiones, a interactuar, a ser tolerantes. (A veces.) A colaborar, a convivir. Maduramos, y no solo por los años: sospecho que nuestro trabajo nos hizo mejores personas.
Cada uno de nosotros dio mucho al grupo, pero también tuvo en él la posibilidad de desarrollarse, de crecer. Hicimos Les Luthiers y Les Luthiers nos hizo a nosotros.
En un modesto ejemplo puedo decir que yo, que siempre tuve más vocación de espectador que de actor, más aptitudes de oyente que de comunicador, llegué a extremos que jamás podría haber imaginado: de pronto me encontré bailando y vociferando un rap ante multitudes. ¡Pobres multitudes!
Pero Les Luthiers también me permitió, entre otros privilegios, el de componer música para orquesta sinfónica; el de ser dirigido por Daniel Barenboim en el Teatro Colón en un solo de Barríltono; el de tocar, esa misma noche, una desgarradora melodía en el Nomeolbidet, acompañado en piano nada menos que por Martha Argerich. ¡Pobre Martha Argerich!
Admiro profundamente dos virtudes de Les Luthiers, que explican en parte el secreto de su continuidad. Una es su enorme capacidad de adaptación. La otra, la tenacidad: en los momentos difíciles, el grupo siempre encuentra fuerzas para continuar.
Somos muy afortunados por haber hallado esta hermosa manera de ganarnos la vida, dando a la gente alegría y placer estético.
Muchas personas nos agradecen que les demos felicidad y los ayudemos a vivir. Es emocionante saberlo. Pero nos toca a nosotros
agradecer al público, destinatario de nuestras creaciones. Sin él no habríamos continuado después de aquella primera vez ante los
estudiantes, que nos mostraron que lo que hacíamos valía la pena.
Agradezco el tener compañeros tan brillantes y divertidos; uno aprende de ellos. Agradezco a Gerardo, que estaría maravillado de
ver qué lejos llegó su creación; a Daniel, a Marcos, Carlos López y Carlos Núñez, compañeros de toda la vida, y a todos nuestros
colaboradores.
Termino agradeciendo nuevamente a la Universidad de Buenos Aires por haber brindado un medio fértil para nuestro nacimiento. Y porque nos enseñó, hace cincuenta años, a manejar algunas de las herramientas de las que todavía hoy nos servimos para la
construcción de nuestros espectáculos: el pensamiento lógico, el análisis crítico, el rigor en el trabajo.
Muchas gracias.
Jorge Maronna
Les Lutheirs
"Crear, pensar y vivir con humor".